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jueves, 18 de febrero de 2010

Las picanas de Macri


EL MUNDO › LA LLEGADA DE LAS PISTOLAS DE IMPULSO ELECTRICO TASER A FRANCIA DESATO UN ESCANDALO

Una historia de picanas con acento francés

La pistola Taser recibió un cúmulo de denuncias
e informes negativos en Francia.
 
El importador presentó una querella contra la Red por los Derechos Humanos, que había denunciado los estragos causados por la Taser. Después montó una burda red de espionaje para vigilar a los denunciantes, con ayuda ilegal de la policía francesa.

 Por Eduardo Febbro
Desde París
La utilización de la pistola de impulsos eléctricos Taser de-sató en Francia las mismas polémicas que en el resto de los países donde esta arma es utilizada por las fuerzas de seguridad. En Francia, el modelo X26 de Taser es empleado por el ejército, la Policía Nacional, la Gendarmería y, desde hace un tiempo, por algunas secciones de la Policía Municipal. Los referentes del arma son tanto más controvertidos cuanto que, en dos ocasiones, fue catalogada con severidad por las Naciones Unidas y Amnistía Internacional. Sin embargo, en el caso francés, la introducción de la pistola dio lugar a un grotesco episodio de espionaje, seguimiento en la calle y procesos judiciales cuyos principales protagonistas fueron la misma policía, el importador del arma, Antoine di Zazzo, director de la empresa Taser, SMP Technologies y Olivier Besancenot, ex portavoz de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) y hoy dirigente del Nuevo Partido Anticapitalista, el NPA.
La trama sucia de esta historia comienza cuando el importador, Antoine di Zazzo, presentó una querella judicial contra Olivier Besancenot y contra la RAID-H, la Red de alerta y de intervención por los derechos humanos, la cual denunció los estragos causados por la Taser X26. El negocio de la seguridad y del miedo es lo suficientemente jugoso como para que la defensa de la pistola eléctrica movilizara a una red de espías, de funcionarios públicos, de agentes de aduana y de detectives cuyo único propósito consistió en espiar a las personas que se habían opuesto con más determinación a la utilización del arma.
El episodio empieza en la campaña para las presidenciales de 2007. En ese entonces, Besancenot denunció la peligrosidad de la pistola Taser y ello le valió una querella judicial presentada por Antoine Di Zazzo. Entretanto, la polémica sobre la pistola fue creciendo de la mano de la ONU y de Amnistía Internacional, lo cual amplificó el impacto de las denuncias del líder trotskista y de los adversarios del arma.
A finales de 2008, el Comité de la ONU contra la tortura había concluido que la utilización de la pistola Taser constituía “una forma de tortura”. Luego, en un detallado informe de 126 páginas, Amnistía desmontó los argumentos que servían al importador de Taser para basar sus querellas judiciales, a saber, en que no existía ningún documento capaz de probar que la pistola provocaba la muerte. En ese informe, Amnistía comprobó que entre 2001 y finales de 2008, 351 personas habían muerto luego de haber recibido una descarga de la pistola eléctrica. La organización aporta la prueba de la relación que existe entre la muerte y la descarga. De las 330 personas que murieron en Estados Unidos por el uso de la Taser, Amnistía estudió las autopsias y determinó que en 38 casos el deceso tiene como “cofactor o factor principal” el empleo de esa pistola. Los otros elementos aportados por la ONG son igualmente contundentes. Por ejemplo, la mayoría de las personas muertas tenía un promedio de 36 años y gozaba de una excelente salud.
Tal vez fueron esos argumentos los que condujeron al importador de Taser a montar un burdo espionaje en el que intervino una oficina de detectives privados dirigida por Gérard Dussaucy, ex comisario de la policía judicial y antiguo miembro de los servicios de Inteligencia, un agente de aduanas, Roland Minard, más otros seis policías. Al igual que el importador, todos los integrantes de la maquinación fueron inculpados. Los policías proporcionaron informaciones sobre Besancenot sacadas de los ficheros policiales. La compañera, el hijo, el auto y las cuentas bancarias del líder trotskista fueron “radiografiadas” a pedido de Antoine Di Zazzo: espionaje telefónico, monitoreo de las cuentas bancarias, seguimientos en la calle, toma de fotografías a distancia, control de sus horarios personales y los de su familia, el importador no se privó de hurgar en la intimidad a fin de encontrar una falla y contraatacar. Los espías consignaron la dirección del jardín de infantes adonde va el hijo de Besancenot, su nombre, su edad y sus costumbres. La compañera de Besancenot, llamada en el documento “el objetivo”, fue seguida a cada momento. El importador conocía incluso el número de las cuentas bancarias de la pareja y el dinero que había en ellas. Besancenot presentó una querella judicial por “violación de la vida privada, de los derechos de las personas resultante de ficheros y datos informáticos, y del secreto profesional”.
La investigación concluyó con todos los implicados en el banco de los acusados. También pudo determinarse que todos esos datos se obtuvieron a partir de un fichero de exclusivo uso policial llamado Ficoba. Allí interviene la colaboración de miembros de la policía en servicio con la agencia de detectives privados, a la cual le suministraron los datos. La investigación posterior avanzó rápidamente. La policía llegó a encontrar en las oficinas de SMP Technologies-Taser copias del informe sobre Besancenot así como pruebas del dinero girado por la empresa al detective Dussaucy, unos 4000 euros. Antoine Di Zazzo nunca tuvo límites en la defensa de su negocio.
El importador de Taser llevó a los tribunales a Amnistía Internacional luego de que la ONG publicara en su portal de Internet un informe sobre los estragos que causa la pistola. No se conocen hasta hoy casos de utilización abusiva de esa pistola por la policía francesa.
Con todo, Taser sigue encontrando en Francia mucha resistencia. Hasta ahora sin éxito, el diputado ecologista Noêl Mamère propuso que se presentara un proyecto de ley para prohibir el empleo de la pistola Taser en el país.

sábado, 23 de enero de 2010

Haití: La maldición blanca

Por Eduardo Galeano

El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Préval.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor.

Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones.

Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.

Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del África.

El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos. De la maldición blanca, no se habló.

La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado: –¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias? El anterior. Pues, que se restablezca–. Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados. Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte.

A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.

A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar. En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.

En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York.

El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho.

No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública. La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia.

Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años. Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe. Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras.

País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios. Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.

En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso. Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes. En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares. Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.


Publicado por ARGENPRESS el viernes 22 de enero de 2010, 14:14